(Editorial – Miguel Zabala Bishop) “La presidenta no midió las consecuencias políticas, sin mencionar las morales y éticas, de su acción y podría pagar muy caro su lealtad”

Luis Ignacio Lula da Silva, es un ex dirigente sindical metalúrgico brasileño, que se ganó la confianza de su país, o por lo menos de una gran mayoría, premiándolo con la presidencia de una de las economías más importantes del planeta.
Pero esa es noticia reconocida por todos. La mala noticia es que durante su última gestión de gobierno estalló el más bullado caso de corrupción estatal en el que se involucra a altos funcionarios de gobierno y los más prominentes empresarios del país, enredados en una telaraña de favores y corrupción aún inimaginables, que ya le ha costado largas sentencias a algunos y una incómoda investigación a otros.
Lula, es el centro de atención junto a su heredera política, la actual presidenta del Brasil, Dilma Rouseff, quien protagonizó estos días un escándalo de proporciones aún imprevisibles, al pretender «blindar» a su mentor, con el nombramiento de ministro de la Presidencia, lo que en el marco de la legislación de ese país implica cierta inmunidad jurídica, pero no política y ese es el aspecto más sensible del caso.
La presidenta no midió las consecuencias políticas, sin mencionar las morales y éticas, de su acción y podría pagar muy caro su lealtad.
Y es que Lula, Dilma, los jerarcas de Petrobras, así como algunos mandos medios, sabían bien que algo se cocinaba. Es más algunos eran diligentes cocineros en la trama de corrupción para otorgar favores en licitaciones multimillonarias y otras no tanto para la poderosa petrolera.
Pero el pecado fue dejar pasar y no actuar diligentemente cortando las raíces de esa trama de dinero y lujo, lo que finalmente llevó a la sospecha y posterior juicio de algunos y el acoso judicial a los demás, entre ellos Lula y la propia Dilma, si el Congreso aprueba por mayoría un juicio politico o impeachment.
La lección que se debe ir aprendiendo de todo esto, es que no te la juegues por tus amigos si están repartiéndose la riqueza del país o corta los lazos de negocios a tiempo o te llevarán en la corriente cuando se descubra el entramado. Esto, si no eres parte activa, si no pasiva, es decir «dejas hacer» lo cual a ojos de la ley también tiene penas y hay que pagarlas en algún momento.
Finalmente, la crisis brasileña no ha estallado todavía, pero la cuenta regresiva parece inminente. La gente en las calles y en las redes son reales. ▲